Si creía que 297 días eran bastantes para ver acción en la carretera, nunca creí poder volver a regresar a esos viajes de trabajo.
Hace unos años, en mi empleo anterior el viajar por todo el país era tan algo cotidiano como tener que cambiar de calcetines, en un día ordinario viajaba de la ciudad de México a Querétaro, San Miguel de Allende, Celaya, Irapuato y León, de ahí dormía en el camión y debía amanecer en Durango y cuando creía que ahí terminaba mi experiencia, mi supervisora me localizaba en el celular para avisarme que la ruta se había ampliado, que tenía que estar al día siguiente en Mazatlán, Culiacán y Los Mochis, terminando de ahí tomar el Ferri de media noche que me dejaría en La Paz y pasar a Los Cabos, después de unos días intensos de viaje volaba de regreso al D.F. para entregar mi trabajo y listo para la siguiente ruta, la cual era una incógnita.
En cada una de las rutas de trabajo existen grandes historias, gracias a esos viajes comenzó el gusto por la fotografía, el aprendizaje de viajar ligero (tirar ese equipaje de sobra que solo jode la espalda), y hacer amigos en gran parte del país.
Pero lo único constante es el cambio, ahora es un viaje de trabajo en donde a pesar que la esencia se mantiene, la evolución de algunas cosas son notables, mi discman fue sustituido por mi Ipod, mi celular y Palm están fusionados en mi Blackberry, y mis responsabilidades administrativas me hacen regresar al punto de partida, pero aun así continuo disfrutando estos viajes como si fuera la primera vez.


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